Esquites-maiz-preparado

Un día comiendo maíz en México

Un día en México puede empezar con unos chilaquiles picositos y terminar con una rebanada de pastel de elote. Entre ambos momentos caben una parada frente a un puesto, una comida que reúne a varias personas y algún antojo que aparece justo cuando jurabas haber terminado de comer.

El maíz tiene ese talento: cambia de forma para seguir acompañándote. Vamos a recorrer algunas de sus vidas en la cocina mexicana, de la mañana a la sobremesa. Conviene traer hambre.

Por la mañana, que suene el crujido

Hay desayunos que empiezan antes del primer bocado. En el caso de los chilaquiles, empiezan cuando llega el plato: totopos de tortilla de maíz, salsa caliente, crema, queso, cebolla y, según la casa, huevo, pollo o algún guiso. La cuchara atraviesa primero las partes crujientes y luego encuentra las que ya han absorbido la salsa. En esa mezcla está buena parte de la gracia.

La conversación también viene incluida: salsa roja o verde, totopos firmes o bien empapados, huevo encima o al lado. Cada familia tiene su postura y suele defenderla con una pasión bastante superior a la que dedica a otros asuntos de importancia nacional.

En muchas mesas mexicanas, la mañana también huele a tamales. Aquí el maíz toma otra ruta: se vuelve masa, recibe un relleno dulce o salado y se cocina envuelto en hojas de maíz o de plátano, según la receta y la región. Al abrir la envoltura sale el vapor y aparece una textura tierna, muy distinta del crujido de los chilaquiles. Una misma planta acaba de ofrecer dos desayunos con personalidades completamente diferentes.

A mediodía, la masa tiene mucho que contar

Si la tortilla es famosa por sostener tacos, la masa tiene un repertorio que merece su propia marquesina. Puede hacerse más gruesa, pellizcarse por los bordes y convertirse en sope, listo para recibir frijoles, salsa y otros ingredientes. Puede doblarse alrededor de un relleno y volverse tlacoyo. En Oaxaca se extiende en un disco grande que, al tostarse y cubrirse con frijoles y otros ingredientes, se conoce como tlayuda.

Cada preparación cambia la experiencia de comer. El sope pide que lo tomes con cuidado para conservar todo lo que lleva encima. El tlacoyo guarda su relleno dentro de la masa. La tlayuda invita a compartir, aunque siempre aparece alguien dispuesto a demostrar que puede con una entera. Son usos del maíz que también cuentan cómo se come: de pie, en el mercado, a la mesa o entre varias manos.

La tortilla fina tiene sus propios trucos. En un taco se dobla alrededor del guiso y recoge sus jugos. En una enchilada se rellena, se acomoda en el plato y recibe salsa por encima. Cuando acompaña unos frijoles o sirve para recoger el último poco de comida, cumple una función que cualquier persona mexicana reconoce al instante: hacer que cada bocado llegue hasta el final.

En Casa Milagro, el maíz se puede seguir de una preparación a otra: las tortillas acompañan los platos de tacos, las enchiladas juegan con sus salsas y las chalupas ofrecen una textura distinta. Es una manera sabrosa de entender lo que hace cada técnica con el mismo ingrediente.

Por la tarde, la calle huele a elote

Llega una hora en que el olor de una olla o una parrilla interrumpe cualquier plan. El elote tierno se come directamente de la mazorca, caliente, con los acompañamientos que prefiera cada quien: lima, chile, queso, crema o mayonesa. La experiencia incluye sujetarlo por un extremo y aceptar que la elegancia acaba de tomarse la tarde libre.

Si los granos se desprenden de la mazorca y se cocinan para servirse en vaso, aparecen los esquites. Se comen con cuchara y admiten combinaciones que cambian de un puesto a otro. Parte del ritual consiste en ver cómo los preparan, decidir cuánto chile quieres y recibir un vaso que calienta las manos mientras caminas.

En el occidente de México, esa caminata puede acompañarse con tejuino, una bebida de maíz fermentado que suele servirse fría. El primer sorbo sorprende por su mezcla de dulzor y acidez. Ya habrá otra entrega de México, grano a grano para sentarnos a hablar largo sobre bebidas; por ahora, basta con reconocer que el maíz también cabe en el vaso.

Para la cena, una olla y muchas sillas

Hay platos que cambian la escala de la reunión. El pozole es uno de ellos: los granos de maíz se cuecen en un caldo que puede tomar distintos caminos según la región y la casa. Llega a la mesa con ingredientes para que cada persona termine su plato a su gusto, como lechuga o repollo, rábano, cebolla, orégano, chile y unas gotas de lima.

Servir pozole tiene algo de pequeña ceremonia doméstica. Sale la olla, se acercan los cuencos, alguien pregunta dónde quedó el orégano y otra persona ya está cortando más limas. El maíz sigue en el centro, ahora en granos grandes que se comen a cucharadas. Es una forma de cocinar pensada también para sentarse juntos.

Y todavía queda sitio para el postre

Cuando el maíz es tierno, su dulzor ofrece otro final para la historia. Puede aparecer en un pan suave, en un tamal dulce o en un pastel de elote de miga húmeda. Al llegar el café, una rebanada basta para que alguien en la mesa pregunte: «¿De verdad esto también lleva maíz?». La respuesta suele venir después de probarlo.

El pastel de elote de Casa Milagro cierra ese recorrido desde Vitoria-Gasteiz. Durante el día, el mismo ingrediente fue crujiente, tierno, flexible, espeso y dulce. Cada cambio respondió a una receta y a una manera de compartirla.

Si esta ruta te abrió el apetito por la historia del ingrediente, la primera entrega de México, grano a grano cuenta de dónde viene el maíz y cómo llegó a ocupar un lugar tan grande en la cocina mexicana. Aquí la sobremesa puede seguir todo el tiempo que haga falta.


Fuentes de apoyo: Artículo: El Corazón De Nuestra Mesa · Menú de Casa Milagro · CONABIO, maíces de México.